miércoles, 15 de septiembre de 2010

Episodios de Pequis.



Segunda narrativa.

El gato salvado.


Totalmente metida en mis pensamientos me encontraba en la ventana de mi casa cuando noté que detrás de un pote de basura de la casa de enfrente estaba escondido un pequeño gato. Lo miré para ver dónde iría después de salir ese lugar, no quería -estoy segura- dejarse ver por nadie. Mirando hacía los lados decidió saltar hacía un manojo de hierbas que habían en la casa de Carmen Luisa, metió su nariz en busca de algo interesante cuando Carmen Luisa salió inesperadamente por la puerta de su casa.
Temí que el pequeño gato fuera descubierto porque ella trataría de echarlo de allá y de seguro le tiraría piedras para auyentarlo, era tan pequeño e indefenso animal.
-Carmen Luisa- grité para que pudiera escucharme- ven pronto que tengo algo importante que decirte.
Ella curiosamente volteó curiosamente hacía mi ventana y se acercó a mi lado. Tenía que pensar rápidamente en lo que tan "importante" le diría.
-El niño que tu mamá lleva en la barriga será otra niña.
Ella con ojos de furia, se quedó como incrédula.
-No. lo que tu dices no es cierto, no puede ser cierto ya que ella me dijo que esto se sabe solamente cuando la barriga esta suficientemente grande para que con un aparato el médico pueda verlo en una pantallita que él tiene en el consultorio.
¡Dios, yo no sabía que existiera! Mi mente trabajaba ráidamente, tenía que ser ya o quedaría como mentirosa.
-No Carmen Luisa, lo que pasa es que yo tengo una forma mágica para descubrir qué hay detrás de las barriguitas llenas de las futuras madres. Y ¿sabes cúal es? te lo diré: leyendo un libro muy antiguo que era de mi abuelita, lo dejó aquí la semana pasada cuando estubo aquí y en el decía que recogiendo solo tres pétalos de cualquier flor, que fuera roja, metíendola en la boca se contaba hasta treinta con los ojos cerrados; nos daría el poder de descubrir sí sería niño o niña lo que había detrás de las barrigas abultadas, yo lo hice y al abrir los ojos estaba delante de mi: tu madre. Y de esta forma sé que sexo sera tu hermano, bueno perdona quise decir tu hermana.
Esto hizo que la cara bonita de Carmen Luisa se llenara de húmedas lágrimas.
¡Qué había hecho! No recordaba que Carmen Luisa decía siempre que no quería que llegara a su casa alguien que puidera hacer que ella dejara de ser: la pequeña de mamá. Tenía que hacer algo para que su querida carita cambiara a su acostumbrado regocijo.
Bueno primero ella y luego el gato en mis sentimientos.
-No sufras así Carmen Luisa, talvez yo no lo supe hacer, talvez nisiquiera llegué a contar hasta treinta no lo recuerdo bien, o a lo mejor no fueron tan rojas las flores que metí en la boca. Por qué no probamos de nuevo. Anda hazlo tu, además no estoy tan segura de lo que vi. Vamos hacer la prueba con ese pequeño gato que esta cerca de nosotras.
Y, diciendo esto y arrancando varíos pétalos de unas flores rojas que mamá plantaba en unos tiestos en la orilla de nuestra ventana, se los di a Carmen Luisa dicíendole.
-Mételos en tu boca, cuenta hasta treinta con los ojos fuertemente cerrados que al abrirlos sabrás cuántos y cuales sexos serán los gaticos que hay en la panza de esa gata. Estoy segura que descubriremos sí esto da resultado.
Ella, limpiando sus lágrimas hizo como le dije pero, luego de ella contar hasta treinta y abrir enormes ojos el pobre gato corrió desesperadamente por percatarse de nuestra presencia.
No lo pensó sino que lo hizo... corrió en la dirección en la cual el gato habia huído.
Y, ¿no adivinan qué recogió en su loca carrera? Si, por supuesto tres pesadas piedras que encontró en su camino.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Episodios de Pequis.



Primera narrativa:

Mi carita.


Bueno... siendo yo de apenas tres años un día estavo en nuestra casa, la cual comparto con mis dos hermanos y mi madre, un viejo tío llamado Raúl, quien quiso jugarse conmigo.
-Raquel que grande estás, ya hasta puedo sentir tu aliento en mi estómago, pero también veo que tus pecas crecen, ya no son pequeñitas sino ¿pecones? No, tampoco son tan grandes entonces vamos a llamarlas: Pequis, que no son tan grandes ni tan pequeñas; tal como son las tuyas. Si, es perfecto.
Pequis.
Desde ese día comenzó mi nuevo nombre, todos empezaron a llamarme así. De esto hace aproximadamente cuatro años. Como están notando ya no soy tan pequeña.
Voy a narrar ahora las consecuencias de mi nombre. Un vecinito muy revoltoso escuchó por casualidad que así me llamaba mamá por encima de la reja de nuestra casa.
-¡Pequis, por favor puedes entrar para que ayudes a Julio en seu tarea de matemáticas en la cual nisiquiera sabe cúanto es dos más dos! entra rápido antes de que ponga un total de tres.
Luisito escuchó esto y gritó a través de su ventana.
-¿Pequis, así te llamas o te lo dicen por saber tanto de números?
Luego de mi primera rabia porque sabían mi sobrenombre entré y le dije a mi madre.
-Luisito el baboso acaba de escuchar lo que dijiste y me hizo burlas por lo de Pequis.
Después de ayudar a Julio, qué como ya deben saber es mi hermano menor, salí como de costumbre a jugar con los otros niños a las escondidas.
Carmen Luisa comenzó librádose. Siguió José Antonio, yo estaba detrás del carro del papá de Carmen Luisa. Luisito gritó.
-Pequis trata de esconderse, pero sus grandes pecas la descubren, apenas asoma su cara y ya salen sus pequis.
Al decir esto todos se echaron a reír y, por supuesto nadie logró librarse sino que corrieron al lado de Luisito para preguntar.
-¿Quién es Pequis? Cuéntanos cómo es ella, seguro que algo así como un fantasma que asusta con su cara toda pintada.
Con una risita entre los labios dijo a todos:
-Les apuesto de que quién se trata no ha salido aún, claro-y botó la carcajada que estaba escondida entre sus desiguales dientes- no quiere ser vista para que nadie sepa quién lleva ese nombre que la describe tal cual es.
Yo asustada bajé mi cabeza debajo del carro donde estaba escondida sin percatarme que por debajo de éste había mucha grasa se carrocería.
Pasaron algo así como tres minutos, que a mí me parecieron cómo tres días, en los cuales podía escuchar las rechiflas de todos.
Fue Carmen Luisa quien dijo lo que a mi me pareció una sentencia a muerte.
-Contemos quiénes comenzaron este juego: por supuesto Luisito, Linda, Clarita, Carlos...
Yo escuchaba y sabía que ya estaba descubierta y, armándome de valor salí poco a poco y mis pies empezaron a llevarme al encuetro de todos. Entonces vi con extrañeza que abrían los ojos encrédulos; y sin más que hacer dije.
-En mi casa me dicen así por las pecas que tengo en mi cara.
Todos estallaron de risa.
-No creo que sean tan pequeñas, si ni siquiera sé dónde estan tus ojos, toda tu cara esta llena de pecas, pero no las creo naturales. ¿Las conseguirías debajo de tu escondite?
No comprendí. Pasándome las manos por la cara noté el gran error. Sí hubiera salido antes y dejar que vieran mis manchitas no se hubiera ensuciado de esa forma mi cara.